En el frondoso corazón de la Ciudad de México apareció un jardín como ningún otro. Nació del deseo de celebrar la llegada de una nueva vida con la ternura de un cuento y la precisión de un sueño cuidadosamente construido. En el centro, una cruz vestida de suaves tonos púrpura, rosa y naranja abre la escena como un signo de luz, rodeada de arcos y pliegues de tela Bombay que parecen resguardar el primer capítulo de esta historia.
Para llegar hasta allí, es necesario recorrer un sendero de reflejos formado por un espejo de acrílico y una pasarela de vinil, que recoge los colores del aire y los devuelve multiplicados, mientras muros drapeados, galerías y estructuras envuelven el espacio como una nube. Sobre la mirada florece en silencio un bosque de rosetones textiles y flores monumentales, como si el cielo hubiera decidido acercarse un poco más para contemplarlo todo con mayor atención.
Entonces aparecen los guardianes del jardín: hongos monumentales de tres metros de altura, árboles de escala fantástica, alegres dientes de león, flores y conejos. Cada figura cumple una pequeña misión: los hongos protegen el asombro, las flores nos enseñan a mirar con dulzura, los dientes de león susurran buenos deseos y los conejos, antiguos mensajeros de la inocencia y de los nuevos comienzos, acompañan este bautizo como símbolos de una vida que apenas comienza a dar sus primeros saltos hacia el mundo.
Y al final, espera un pequeño tesoro para quienes saben encontrarlo: una máquina de garra repleta de conejitos, diminutos amuletos de este universo fantástico. Así, un espacio cotidiano se transforma en un mundo propio, demostrando que la ternura, cuando es concebida por maestros de la magia, también puede convertirse en un suspiro suspendido en el tiempo.
Nació del deseo de celebrar la llegada de una nueva vida con la ternura de un cuento…
“Los conejos, antiguos mensajeros de la inocencia y de los nuevos comienzos …”
“Sobre la mirada florece en silencio un bosque de rosetones textiles y flores monumentales…”